El día después

en Blog del concejal y la concejala

Beatriz Mogrovejo

Me siento ante el ordenador a intentar escribir lo que siento y lo que se me mueve por dentro después del resultado de las elecciones. Como fondo tengo las noticias relatando números de escaños, rostros mediáticos, lo que han dicho unos y otros, pactos, acuerdos, referéndum, líneas rojas, centros, derechas e izquierdas.

Estoy contenta. No todo ha sido perdido, pero no puedo o no debo negar que hay algo que no me deja disfrutar de la victoria como debiera, y no lo hago porque delante de mí, el escenario es el mismo. Gente que no mira a la gente, gente que sufre que no mira a la gente que sufre, gente que piensa que la política es ser elegante, estar bien peinada, saber andar con tacones, sonreír o poner caras de dramas cuando se dan las tragedias, que la política es lo que dice la televisión más allá de lo que dicen los programas, vivir en el miedo sin leer. Y llego a esta conclusión porque es la única forma que tengo de justificar que este país, un país de trabajadoras y trabajadores, un país que atraviesa quizá el peor momento económico y social de sus últimos 40 años, haya votado mayoritariamente al Partido Popular, protagonista de los recortes más salvajes en servicios públicos y sociales y de la corrupción en mayúsculas.

Intento, de esta forma, justificar lo que a priori es injustificable… y no lo digo con ánimo de ofender a ningún votante de la derecha. Digo injustificable, porque sí justifico que lo hagan las personas que necesitan que su estado de bienestar sea protegido por el Estado; que el Estado le deje “prosperar” (una palabra que es válida para todas las clases sociales, pero que tiene sustancial diferencia de significado para unas clases sociales y para otras), que entienden “el orden” como una forma de vida. Este concepto de “orden” se extiende entre las clases más populares, este mensaje de “es la derecha la que más sabe sobre economía”, “son ordenados y disciplinados”, y otro montón de estereotipos que hacen que en una ciudad como la nuestra, Móstoles, extrarradio, llena de trabajadores y trabajadoras de los servicios, con un índice empresarial muy bajo, salvo el dedicado al pequeño comercio y la pequeña empresa familiar, etc, vote, mayoritariamente a la derecha.

Hemos buscado fórmulas para hacer que este pensamiento cambie, y estamos cerca, estamos muy cerca. Pero no lo hemos conseguido, y la consecuencia terrible es que leyes como la Ley Mordaza, por poner un ejemplo, siga vigente y nos condicione nuestra forma natural de comportarnos y de estar. No hemos conseguido tener un gobierno que se relacione con los bancos en clave de diálogo desde el sentido común, invitándoles a poner a disposición de la gente las casas que han quitado a la gente. No hemos conseguido que la inversión de nuestros impuestos sea destinada a la creación de empleo, porque es empleo lo que necesitamos para salir adelante. No hemos conseguido, aún, que tengamos un gobierno al que se le pueda vigilar y revocar en caso de que caiga en las terribles corruptelas que producen el dinero.

Sin embargo, y a pesar de todo lo dicho, he leído hoy montones de mensajes que mezclan el pesimismo con el optimismo. He leído mensajes de hijas en el extranjero que felicitan a sus padres por haber pasado menos tiempo con ellos a cambio de haber estado más tiempo peleando por sus derechos, he leído a maestras de bebés diciendo que no van a permitir que “sus niños” sufran las consecuencias de un gobierno como el que hemos estado los últimos años, he leído a mujeres amigas feministas que no bajan la cabeza, sino que la levantan con orgullo diciendo que van a seguir peleando por la igualdad y condenando cada recorte económico en materia de violencia machista… y mi hijo me ha recibido con un abrazo diciéndome que no nos van a parar, que cuente con él.

Es obligatorio hacer entender a la gente que están equivocados, y es obligatorio que los políticos que perseguimos, sino los mismos, prácticamente iguales objetivos, que nos unamos y no entendemos, y que lo hagamos en benefecio de las personas que pegan carteles, salen a calle con megáfono, ponen su cuerpo como barrera en los desahucios, discuten vehemente por el futuro político, leen y se forman, y se abrazan y se consuelan. Y en mayor beneficio de las personas que necesitan gobiernos que les miren, que les miren y se pongan en su piel para ejercer la mejor y mayor defensa de sus derechos. Y en el caso de que tengamos que volver a repetir esta jugada, no dentro de mucho tiempo, que entiendan que juntos y juntas será más fácil. Porque nos estamos jugando el futuro, el nuestro y el de nuestros niños y niñas.